El islam, en la vorágine de la globalización

Si se mete el dedo en los asuntos relacionados con Turquía es muy probable que se produzcan dos fenómenos. El primero, un inmediato calambrazo que pone los pelos de punta. El segundo, una melancolía pegajosa de la que no hay forma de librarse. ¿Cómo es posible que todo se fuera torciendo de esa manera? ¿De dónde vienen estos afanes dictatoriales de un líder que se presentaba como moderado en los círculos occidentales a principios de siglo y que sacaba pecho por sus logros democráticos y que se afanaba por presentar unas credenciales impolutas para formar parte del selecto club de la Unión Europea?

Todo eso forma parte ya de la historia. Alguna vez existió en las fronteras de Europa un país vecino —pero también remoto— que quiso acercarse, y servir de puente hacia Oriente; que entendió que la defensa de lo suyo pasaba por la defensa del Occidente más próximo —a través de la OTAN—, que incluso llegó más lejos y se apuntó a una alianza de civilizaciones que, con las mejores intenciones, se afanó por sortear ancestrales diferencias y celebrar ese puñado de asuntos que nos hacen a todos iguales: las ganas de vivir en paz, la ilusión de forjarse un porvenir con mayores recursos, la hipótesis de que es posible un entendimiento con el que parece radicalmente extraño. Era entonces cuando se manejaba la idea de que el islam es compatible con la democracia, que solo necesitaba un poco de tiempo para ajustar sus instituciones al mundo moderno, y que Turquía estaba ahí para soplar, inflar las velas y empujar la nave.

Tal como se pudo constatar ayer en Madrid, durante un seminario organizado por la Asociación de Periodistas Europeos, la Fundación Diario Madrid y el Parlamento Europeo, desde el fallido golpe de Estado del 15 de julio del año pasado la deriva autoritaria —y megalomaníaca— de Erdogan es imparable. Las cifras de la represión son alarmantes y, si ganara el en el referéndum de reforma de la Constitución, Turquía se convertiría en un régimen presidencialista y el equilibrio de poderes propio de una democracia pasaría a mejor vida.

Resulta habitual buscar en los años treinta del pasado siglo algunos referentes para entender estos tiempos tan confusos. También sirve a veces el último tercio del siglo XIX, cuando se produjo la primera globalización. El escritor indio Pankaj Mishra rescató en un ensayo centrado en aquellos años —De las ruinas de los imperios— la fascinante figura de Jamal al-Din al-Afghani (1838-1897), un periodista y activista musulmán que fue de un lado a otro y que anduvo metido en un sinfín de conspiraciones obsesionado con una única idea: “He luchado, y sigo luchando”, escribió, “por un movimiento reformista en el podrido Oriente, donde me gustaría sustituir la arbitrariedad por la ley, la tiranía por la justicia y el fanatismo por la tolerancia”.

Persia, India, el Imperio Otomano, Egipto, Afganistán, y todo para nada: no consiguió que el islam plantara unas sólidas raíces democráticas. Turquía parecía dirigirse por esos derroteros. ¿Fue entonces solo un espejismo?

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